ANDER LANDABURU 15/12/2008

 

«Falta respeto en el País Vasco: respeto por la vida y por la integridad física, negadas por los terroristas de ETA; respeto por la palabra dada, por las reglas de juego y por los procedimientos legales; respeto por los que sufren y son injustamente perseguidos; respeto por las víctimas y por sus familias, en definitiva, falta respeto por el otro y por su dignidad». En su pequeño despacho de catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid, Gregorio Peces-Barba, visiblemente enojado y apesadumbrado ha bajado su habitual tono de voz, para fijar la mirada en los titulares de prensa, que siguen hablando del asesinato en Azpeitia del empresario Ignacio Uria. Es el último episodio de una escalofriante historia que dura ya casi medio siglo y contra la que desde su atalaya de catedrático, político o abogado el ex presidente de las Cortes ha venido luchando, desesperándose de que siga habiendo fanáticos que justifican esos atentados. Para él no hay duda, el País Vasco padece una crisis moral profunda envuelta en un ideario nacionalista soberanista que carece de posibilidades y de futuro, pero que aún mantiene demasiadas adhesiones.

 

Hace pocos días tuvo ocasión de celebrar el XXX aniversario de la Constitución junto a los demás padres de la Carta Magna. Un grato encuentro que, sin embargo, no diluyen en su memoria los difíciles años anteriores a la transición y los peligrosos estertores del franquismo. Peces-Barba no olvida que en estas fechas de diciembre, hace 38 años, participó en uno de los acontecimientos políticos que iba a herir de muerte al régimen franquista: el histórico Proceso de Burgos, celebrado en diciembre de 1970. Con ese juicio contra ETA, «los militares querían -según escribió más tarde Mario Onaindia, uno de los acusados- querían montar un gran acto publicitario, sin duda alguna, para garantizar la supervivencia del régimen». Pero el tiempo que tardaron en preparar aquel espectáculo hizo posible, por otro lado, que las fuerzas de oposición al régimen se preparasen para este proceso y nombrasen a un espectacular abanico de letrados vascos, a los que se sumaron Gregorio Peces-Barba, cercano al socialismo, y Josep Solé Barberá, del PSUC catalán, para defender a los 16 acusados etarras.

Casi 40 años después, habla con cariño de su entonces defendido, Víctor Arana Bilbao, Txepetón, «reinsertado desde el inicio de la democracia y con un comportamiento ciudadano ejemplar». Pero reconoce que su defensa debió de ser muy mala, porque a su «pobre» cliente le cayeron 70 años de cárcel, cuando la fiscalía «sólo» había pedido sesenta. «En la cárcel tuve muy buena relación con Arana, luego con su familia, y a su niño le regalé un balón del Real Madrid, que su padre consideró como una pequeña provocación pero aceptó por ser regalo mío». Ese niño le recordaba también su infancia, cuando con cuatro o cinco años Gregorio visitaba a su padre en la cárcel de Torrijos, donde estaba recluido por «auxilio a la rebelión», que era el delito creado a posteriori para condenar a los vencidos de la Guerra Civil.

Algunos de aquellos condenados de Burgos pronto se alejaron de los planteamientos violentos de ETA, como Mario Onaindia, Javier Izko o Teo Uriarte, pero otros continúan en torno a los grupos radicales que les apoyan o sostienen. En las conversaciones que Peces-Barba mantuvo con algunos de ellos durante el proceso, pudo comprender que se tendrían muchos problemas con aquella gente, obstinada, dogmática y poco preparada para superar la tentación de la violencia. «Hoy», apunta el catedrático, «son enemigos reales de la democracia. Y aunque la paz es un valor muy importante, no hay que hacer concesiones para lograrla sobre temas de fondo que afecten a los principios, sino sólo administrar medidas personales después de que se acredite que abandonan la violencia. Cualquier concesión, cualquier afirmación de compartir alguno de sus fines, no sólo favorece a ETA, sino que ha servido para justificar su violencia criminal».

Sin embargo, la relación de Peces-Barba con el País Vasco se inicia mucho antes del Proceso de Burgos. Estando en COU, unos amigos le invitan a veranear a Zarautz, y a partir de entonces y con toda su familia se trasladará a Hondarribia, en donde pasarán los veranos hasta principios de los setenta. Esos años coinciden también con una efímera «aventura» democristiana que se acaba en 1964, y hasta 1972, que empieza a militar en la clandestinidad en el PSOE de Madrid, no se comprometerá con la actividad política partidaria, dedicándose casi en exclusiva a la fundación y lanzamiento de la revista Cuadernos para el Diálogo, a sus tareas universitarias y a la defensa ante el Tribunal de Orden Público (TOP) y los tribunales militares de militantes antifranquistas.

Pero esas estancias veraniegas en Euskadi también le sirven para mantener sus primeras relaciones con la oposición política vasca. Tras instalar junto con Tomás Quadra Salcedo su primer despecho profesional en Madrid, se trasladará a menudo a Euskadi para participar, por ejemplo, como letrado defensor en el sumario I/63, el primer proceso contra CC OO, que instruyó y juzgó en el TOP. Fue su estreno y el de ese tribunal, ante el que le tocó defender a miembros de la Comisión Obrera de Vizcaya como David Morín y Gómez Lavín. Les condenaron sólo a arresto mayor por haberse constituido sin las formalidades exigidas por las leyes. Después, cuando el fenómeno de las comisiones obreras se multiplicó, el tribunal las vinculó con al Partido Comunista y aumentó considerablemente las penas. Desde 1963 hasta 1976, en que se suprimió el TOP, el despacho de Peces-Barba defendió más de mil casos: «Eran procesos absurdos», afirma desde la distancia.

En Euskadi sus contactos se multiplican con gente afín a Cuadernos para el Diálogo y con el PNV, fundamentalmente. «Tuve relación con el Gobierno vasco en el exilio en Paris: con el propio lehendakari Leizaola y con Joseba Rezola, y posteriormente, de manera bastante habitual, fui defendiendo a muchos militantes del PNV hasta 1975″. Recuerda algunos casos pintorescos, como la reunión de una quincena de abogados para defender a otros tantos militantes nacionalistas acusados de colocar una ikurriña en la torre de la iglesia el Buen Pastor de San Sebastián. Entre los acusados estaba el senador Joseba Elosegi, ex comandante de gudaris durante la guerra, testigo del bombardeo de Gernika y protagonista de un espectacular suceso, cuando el 18 de setiembre de 1970 intentó inmolarse a lo bonzo ante Franco en el frontón de Anoeta de la capital donostiarra. «Joseba Elosegi era una persona muy afable, valiente y con gran sentido del humor».

Pero Peces-Barba, muy pronto percibe la diferencia entre los dos mundos nacionalistas, el radical y el moderado. Pare él, el PNV era otro grupo de oposición al franquismo y tenía todo su apoyo y su comprensión. Afirma que entonces ninguna de las dimensiones que él consideraría separatistas aparecían en sus postulados. «Lo que sí percibí entonces es que algunos de los militantes de aquella primera ornada de ETA eran unos idealistas, pero otros ya apuntaban a ser unos criminales [ETA empezó a matar en 1968]. Eso sí me empieza a preocupar seriamente, como el clima de dura tensión que se va imponiendo».

A partir de 1972, Peces-Barba inicia también sus contactos con los socialistas vascos. Interviene en Euskadi en temas de formación y conoce enseguida a Enrique Múgica y a Txiki Benagas. En Francia, en Carmaux, cerca de Toulouse, en unos locales cedidos por el ayuntamiento socialista, organiza un seminario de formación al que acuden muchos militantes del País Vasco, entre ellos José Antonio Maturana y «un joven muy listo, desde entonces una de las buenas cabezas del socialismo vasco», dice de Ramón Jáuregui. También se relaciona con Nicolás Redondo Urbieta, Eduardo López Albisu (el padre de Patxi López) y, por supuesto, con Ramón Rubial. «Era un compañero respetado y querido por todos; por su ejemplo de militancia y por los 20 años largos de represión en la cárcel que sufrió durante el franquismo. Siempre sentí por él un gran afecto. Todos le debemos mucho».

Siguen luego los meses de labor clandestina, hasta el llamado pacto del Betis entre los socialistas andaluces y vascos, y el primer congreso del partido en semi-libertad, en diciembre de 1976, que el futuro rector de la Carlos III recuerda con cierta amargura. Pero los contactos se recomponen cuando Felipe González le pide que vaya de diputado por Valladolid. A partir de 1977 reanuda también sus relaciones con el PNV, siendo Peces-Barba testigo directo del comportamiento de los nacionalistas ante la Constitución. «Un comportamiento muy poco claro y ambiguo». «Es absolutamente falso», asegura, «que nadie les cerrase el camino en la ponencia constitucional. Ellos jamás lo quisieron, pero luego sí se rasgaron las vestiduras, cosa que es muy suya. Estaban muy satisfechos con la representación de Miquel Roca [de CiU], pero lo cierto es que, al mes de empezar nuestro trabajo, Roca nos dijo que consideraba insoportable a esa gente y que él, desde luego, no les representaba».

A partir de ese momento, el PNV empezó a asistir a las reuniones paralelas a la ponencia que se celebraban por la noche después de los acuerdos con UCD, donde iban todos menos Manuel Fraga y se preparaban los pactos y acuerdos para los debates posteriores. Según Peces-Barba, en todas las reuniones el PNV pedía algo y los demás hacían muchos esfuerzos para complacerles, con la idea de conseguir que votasen favorablemente el texto constitucional. Hasta que un día, en el Senado el vicepresidente Fernando Abril Martorell dijo «hasta aquí hemos llegado» y no se aceptaron los últimos planteamientos del PNV sobre derechos históricos. «Además, notaba por mi parte una cierta contradicción entre defender unos derechos históricos, que más bien estaban vinculados a tesis tradicionalistas o carlistas, y luego posiciones separatistas que eran otra filosofía diferente». Tres décadas más tarde, lamenta la muerte temprana del entonces líder del PNV, Juan Ajuriaguerra, al que tenía gran afecto. Cree que hubiese llevado a su partido a apoyar la Constitución y no a ese juego ilógico de rechazarla pero aceptar el Estatuto, cuando éste viene de ella. «No, para ellos el Estatuto era la vía que llegaba del cielo, y en esa postura se mantuvieron Marcos Vizcaya, Andoni Monforte, Carlos Garaikoetxea y el mismo Arzalluz, con los que tuve relación».

«Este último», comenta, «era muy reticente, muy reservado, y no quería que se supiese que participaba en las reuniones de las noches. En una de ellas, Abril Martorell, salió al balcón de mi despacho a fumar y el retén de periodistas que montaba guardia delante del edificio dispararon sus flases hacía el dirigente de UCD. ‘Nos han descubierto», dijo éste, y decidimos suspender la reunión. Entonces, Arzalluz me preguntó si podía quedarse en mi despacho, que ya descansaría en una butaca. Me sorprendió muchísimo su petición, pero tampoco me opuse. No le pregunté por qué lo hacía, pero era obvio que no quería que le vieran los periodistas. Se quedó toda la noche allí y salió a las siete de la mañana, cruzándose con una piadosa vecina que iba a misa de ocho y que se asustó tanto que le confundió con un violador».

Cuenta Peces Barba que mantuvo buenas relaciones con diputados nacionalistas, que se encontraban muy cómodos en Madrid, y también conoció al actual consejero de Justicia del Gobierno vasco, Joseba Azkarraga. «Entonces era muy simpático, pero ahora es unos de los talibanes vascos. Mientras el PNV da una de cal y otra de arena, la ambigüedad de la EB de Madrazo y la EA de Azkarraga no ayuda nada. A este último parece que le molesta que se detengan etarras, siempre encuentra alguna pega o lanza alguna advertencia al respecto».

En cuanto a su relación con Ibarretxe, el catedrático reconoce que, a nivel personal, el trato ha sido bueno, pero que el lehendakari no ha dejado de sorprenderle. Por ejemplo, aquel día en un homenaje a Fernando Buesa, cuando aplaudió a rabiar después de que José Ramón Recalde terminase una intervención durísima contra él y su Gobierno. «Eso me resultó verdaderamente sorprendente, como cuando me afirmaba que su plan se tenía que aprobar porque es perfectamente constitucional. Me jugué una comida con él, y todavía me la debe».

El ex presidente de las Cortes, después de medio siglo de relación con Euskadi y su gente, sigue convencido de que tanto el nacionalismo vasco como el españolismo cerrado el PP deben ser superados si se quiere recuperar la convivencia civil. Y, desde luego, piensa que esa relación debe abordarse con fórmulas distintas al Plan Ibarretxe, que ve bien enterrado y sin resurrección posible tras las elecciones. «Creo firmemente que el problema vasco no tendrá solución hasta que los nacionalistas pierdan el poder y pasen a la oposición», concluye.

Gregorio Peces-Barba

Gregorio Peces-Barba (Madrid, 1938) se licenció en Derecho y ejerció como abogado desde 1962 hasta 1977, defendiendo ante los tribunales a numerosos militantes antifranquistas de diversos partidos y sindicatos. También intervino en el histórico Proceso de Burgos. Diputado del PSOE por Valladolid en las tres primeras legislaturas, fue miembro de la ponencia constitucional y participó en todas las leyes orgánicas destinadas a desarrollar la Constitución de 1978. De 1982 a 1986 presidió el Congreso de los Diputados y antes fue secretario general del Instituto de Derechos Humanos. Rector de la Universidad Carlos III de Madrid hasta hace unos meses y autor de más de 20 libros, ha sido también Alto Comisionado de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo.

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