Insumisos, antimilitaristas, un abogado y un catedrático de la UPV recuerdan la campaña que adelantó el final de la mili en España y puso contra las cuerdas al estamento militar.
El próximo 20 de febrero se cumplen 25 años de las primeras presentaciones públicas de los insumisos al servicio militar.
Juan Carlos Alonso tiene ahora 48 años y es profesor de FP en Santurtzi. Fue uno de los primeros insumisos encarcelados en 1989. Pasó 11 dÃas en El Ferrol, donde fueron a parar casi todos los primeros desobedientes que aquel 20 de febrero de 1989 dieron el banderazo de salida a una campaña para desmilitarizar las conciencias. Alonso recuerda con nitidez su primer contacto con el estamento militar. “Me negué a ponerme el uniforme, aduciendo que era un civil. Enfrente tenÃa un juez militar que no daba crédito. Me obligó a ponerme el uniforme y me volvà a negar. Me metió tres meses de prisión por desacato. Asà una y otra vez. En 15 minutos tenÃa una condena de año y medio de cárcel y todavÃa no habÃa empezado el juicio. Ahà me di cuenta del riesgo que corrÃamosâ€.
Desde que un puñado de antimilitaristas, aglutinados en torno al Movimiento de Objeción de Conciencia, ratificara en agosto de 1988 en Orio la nueva estrategia, la desobediencia comenzó a calar en la sociedad como una gota malaya. Solo eso, y el descrédito de la mili entre la juventud -cada dos dÃas morÃa un joven en la mili, estadÃstica nunca reconocida oficialmente-, explica el crecimiento exponencial de la objeción en España. En 1992 se presentaron 42.454 solicitudes, un 51% de incremento respecto al año anterior. La objeción sobre el contingente militar habÃa pasado del 1,5% (1985), al 5,49% el primer año de la insumisión (1989) y al 19,87%, en 1992. Una progresión inasumible para el Gobierno del PSOE. “Ya no era el objetor raro, iluminado; los militares tenÃan enfrente una marea de desobediencia que supo interpelar a la sociedad a partir de sus propios valores de cultura de la paz. Supimos utilizar la represión para ganarnos a amplias capas de la sociedad desde una lucha colectivaâ€. Rafa Sainz de Rozas, con sus 52 años, es un viejo del lugar. Primero fue un activista; más tarde, la cara pública de los abogados y del movimiento, aunque su vinculación con la desobediencia databa de 1981. Ahora trabaja en el equipo del Ararteko.
“No inventamos nada nuevo, la desobediencia civil noviolenta hunde sus raÃces en Espartaco si me apuras, pero la pusimos en marcha, asumiendo un compromiso que implicaba unos riesgosâ€. Ander Eiguren, con 47 años, lo sabe bien: fue el último insumiso que abandonó la prisión en junio de 2002, tras dos consejos de guerra por allanamiento de instalaciones militares. De su paso por la cárcel militar de Alcalá –en la que estaba preso Enrique RodrÃguez Galindo, condenado por el secuestro y asesinato de los miembros de ETA Lasa y Zabala- guarda anécdotas como la de los domingos cuando el cura, un coronel, pedÃa permiso al general Galindo para empezar a celebrar la eucaristÃa.
Ya no era el objetor raro, iluminado; los militares tenÃan enfrente una marea de desobediencia que supo interpelar a la sociedad a partir de sus propios valores de cultura de la paz. Supimos utilizar la represión para ganarnos a amplias capas de la sociedad desde una lucha colectiva. (Rafa Sainz de Rozas, letrado)
Otro de los elementos novedosos de esta campaña de desobediencia que adelantó el final de la mili en España fue su cara festiva. ¿Cómo se enfrenta un mando militar a unos antimilitaristas disfrazados de Gandhi que se han colado en la garita del gobierno militar? ¿O a unos ‘insubitxos’ cantando la canción de la abeja maya mientras toman de manera festiva una instalación militar? “Creo que pensamos a lo grande, hicimos lo que pudimos, aglutinamos a un montón de gente y siempre en tono festivo. Estoy orgulloso de haber estado ahà y ¡claro que hay que celebrarlo!â€, señala Edu Cordero, ahora arquitecto de 50 años, uno de los antimilitaristas que, con su extrema delgadez, se encaramó a la garita del gobierno militar con la cabeza rapada y las gafas redondas emulando a Gandhi.
La participación de las mujeres en una lucha que parecÃa relegada a los hombres fue otra seña de identidad. “¿Cómo no Ãbamos a estar las mujeres? El antimilitarismo siempre fue muy mixto. Se involucraban novias, madres, amigas para apoyar al insumiso. El núcleo duro inicial en el grupo de Bilbao éramos mujeres y, desde el principio, participamos desde la paridad y con la capacidad de decisión para lo que fuera†recuerda Idoia.
La campaña de insumisión incomodó también a HB y a los jóvenes de Jarrai al ponerles frente al espejo de sus contradicciones. Acostumbrados a colocar su mensaje en las paredes de Euskadi con pintadas como “servicio militar en ETA militar†o “la mili con los ‘milis’, la llegada de la insumisión les obligó a trastocar su discurso. “Nunca nadie hizo las cosas tan bien como aquel movimiento social: utilizaron la represión a su favor, crearon un magma de apoyo social e institucional con una estrategia de noviolencia. Y demostraron a la izquierda abertzale que habÃa fórmulas radicales de lucha más allá de la violencia de ETA. De alguna manera, la cultura proETA empieza a tambalearse a partir de ahÃâ€, explica el catedrático ‘jubilado’ de Pensamiento PolÃtico, Pedro Ibarra, que mantiene un grado de afinidad con la insumisión.
¿Pero no se acabó con el Ejército? “Es cierto, el militarismo adoptó otras formasâ€, admite el letrado Sainz de Rozas. ¿Y la marea insumisa, no se fue diluyendo con el tiempo? “Pero el desprestigio de lo militar fue increÃble y otra gente ha ‘heredado’ nuestra experiencia de desobediencia: ahà está el movimiento anti-TAV, los escraches, el 15-M. Seguimos denunciando el gasto militar, y, en el terreno de los valores, defendemos la noviolenciaâ€, recuerda Eiguren, ahora empleado en una empresa de trabajos horizontales.
“Somos corredores de fondo desde la noviolenciaâ€, sostiene Eiguren, que sigue militando en el MOC. Al fondo de la pista le esperan los Ejércitos, los gastos militares… porque “el fin está en los medios como el árbol en la semillaâ€.
Aitor Guenaga – Bilbao  eldiarionorte.es   08/12/2013
